CAPÍTULO 8: El plano astral

Alexander y Luna se encontraron en un mundo que desafiaba toda lógica humana. El plano astral en el que habían despertado no se parecía a nada que pudieran haber imaginado. El suelo parecía tejido con luz líquida, reflejando cada movimiento con destellos sutiles. Los árboles no solo crecían, sino que respiraban con un ritmo pausado y armonioso, como si el entorno mismo estuviera vivo, conectado a su energía.

Cada vez que sus manos se rozaban, el paisaje respondía con cambios sutiles y hermosos. Flores que antes eran doradas se tornaban en tonos de zafiro y esmeralda; el aire vibraba con una melodía etérea, como si el universo mismo cantara en armonía con su amor. Cuando se abrazaron por primera vez, una oleada de luz emergió de sus cuerpos y se expandió por el horizonte, transformando el cielo en un océano estrellado que giraba en patrones hipnóticos.

Se sentaron junto a un río de agua cristalina que brillaba con destellos plateados. Luna apoyó su cabeza en el hombro de Alexander, sintiendo su calor, su esencia. Sabían que este instante era eterno, y sin embargo, necesitaban compartir todo lo que habían vivido, todo lo que el otro no había visto.

—Te busqué en cada sombra, en cada silencio —susurró Alexander, acariciando su mejilla—. No había día en que no sintiera tu presencia, incluso cuando estabas lejos.

—Yo también te sentía —respondió Luna, cerrando los ojos—. En mis sueños, en mis pensamientos… pero el mundo se interpuso entre nosotros. Creyeron que era un milagro, una entidad, y terminé atrapada en su devoción.

Alexander tomó su mano y la besó con ternura.

—Estudié todo lo que pude para alcanzarte. Me volví una eminencia en el conocimiento de la conciencia y la espiritualidad, porque sabía que era la única forma de acercarme a ti sin ser detenido. Cada logro, cada descubrimiento… todo fue por ti.

Luna lo miró con los ojos brillantes, reflejando el infinito en su mirada.

—Siempre lo supe —dijo—. Siempre supe que encontrarías el camino.

El silencio que siguió no fue incómodo, sino lleno de comprensión. Sus almas se comunicaban más allá de las palabras, en un lenguaje antiguo que solo ellos entendían.

Fue entonces cuando la necesidad de estar juntos en todos los sentidos los envolvió. Se buscaron con desesperación contenida, con el anhelo acumulado de años de distancia y deseo insaciable. Cuando sus labios se unieron, el plano astral pareció reaccionar. Las luces se intensificaron, los árboles se inclinaron como en reverencia, y el río comenzó a fluir con un resplandor aún más puro.

Sus cuerpos se encontraron en una danza sagrada, en un acto de amor que trascendía lo físico. No eran solo carne y hueso; eran energía, cosmos, historia y destino entrelazados. Cada caricia creaba ondas de luz que se expandían por el paisaje, cada gemido resonaba como una nota en la sinfonía del universo. En ese momento, no eran dos seres separados, sino uno solo, unidos en la forma más pura que el amor podía concebir.

Cuando finalmente descansaron, envueltos en la calidez de su unión, Luna entrelazó sus dedos con los de Alexander y le susurró:

—No nos separaremos nunca más.

Alexander la miró con una certeza absoluta.

—Nunca más.

Con sus manos aún unidas, una luz dorada los envolvió y, en un instante, regresaron al momento en que se besaban frente al mundo entero. La multitud seguía congelada en el tiempo, las cámaras aún capturaban el instante de su unión. Pero algo había cambiado. Algo profundo, invisible para los demás, pero eterno para ellos.

El destino estaba sellado.

«A veces, el plano más lejano no está en las estrellas, sino en esa parte del alma donde nadie ha mirado… hasta ahora.»