CAPÍTULO 9: La huida
El instante eterno del plano astral se desvaneció con una suave oleada de energía, y Alexander y Luna regresaron al mundo terrenal justo en el momento en que sus labios aún se rozaban. Todo seguía congelado a su alrededor: la multitud, los flashes de las cámaras, los murmullos atrapados en el aire como si el tiempo mismo se hubiera contenido para no interrumpir la magia de su unión.
Ambos se miraron con una mezcla de asombro y determinación. No había tiempo que perder. Sin soltarse de la mano, comenzaron a correr, atravesando el pasillo entre la multitud congelada. Sus cuerpos aún brillaban levemente, y a su paso, la energía que los envolvía parecía crear un túnel de calma dentro del caos. Poco a poco, notaban cómo el efecto del tiempo suspendido empezaba a disiparse: los primeros parpadeos, movimientos torpes, el murmullo que se iba reanudando como un río liberado de su presa.
Al salir del edificio, un vehículo negro de aspecto futurista los esperaba con el motor en marcha. Dentro, una mujer de ojos penetrantes y presencia enigmática les observaba desde el asiento trasero. No dijo una sola palabra. Solo levantó la mano con un gesto sutil, indicándoles que subieran.
Sin hacer preguntas, confiando en su instinto, Luna y Alexander se miraron por última vez antes de subir al vehículo. En el mismo instante en que las puertas se cerraron tras ellos, el tiempo volvió a fluir con normalidad. A sus espaldas, el lugar estalló en un torbellino de voces, gritos y confusión. Las cámaras volvieron a moverse, los periodistas se abalanzaron hacia el lugar donde segundos antes ellos se encontraban.
—¿Dónde están? —gritaba un reportero.
—¡Han desaparecido! ¡Desaparecieron frente a todos! —se escuchaba en la radio del coche.
—Se dice que entraron en un trance, que su energía los transportó a otro plano —comentaba una mujer con voz temblorosa.
—Otros afirman que fue una intervención divina, un milagro— replicaba un presentador.
Mientras las noticias desbordaban los medios, dentro del vehículo reinaba el silencio expectante. Luna, con la mirada aún fija en la mujer misteriosa, preguntó:
—¿Por qué tú no estabas afectada por el tiempo detenido?
La mujer esbozó una leve sonrisa, sin responder. Su voz, cuando finalmente habló, fue suave pero firme:
—No es momento para respuestas. Solo necesito que confíen en mí.
Alexander, siempre analítico, no pudo evitar estudiar cada gesto de ella. Había algo en su forma de hablar, de moverse… una presencia más allá de lo humano. Pero también sintió, por primera vez en mucho tiempo, que podían bajar la guardia.
—¿A dónde nos llevas? —preguntó él, más por estrategia que por desconfianza.
—A un lugar seguro. Todo ha sido preparado para ustedes. Solo tienen que dejarse guiar —respondió ella sin apartar la vista del camino.
En la radio, la noticia se intensificaba:
—Hay testigos que afirman haber visto a ambos irradiando luz mientras se acercaban. Algunos aseguran que desaparecieron ante los ojos de todos. Los expertos ya comparan este evento con manifestaciones históricas inexplicables… ¿serán seres de otro mundo? ¿Divinidades encarnadas?
—El gobierno no ha dado declaraciones aún, pero las redes sociales ya los consideran entidades únicas. Hay teorías sobre su conexión, su poder y su posible impacto en la humanidad…
Mientras escuchaban todo aquello, Alexander y Luna comenzaron a bosquejar un plan entre susurros.
—Tenemos que mantenernos ocultos. Buscar respuestas. Encontrar un lugar donde nadie nos controle —dijo Alexander.
—Tal vez podamos contactar a quienes puedan entendernos de verdad —añadió Luna—. Personas que no nos adoren, sino que vean más allá de lo que representamos…
Pero la mujer misteriosa interrumpió su conversación con serenidad:
—No será necesario. El primer paso ya está dado.
El vehículo se detuvo en una pista privada donde un jet los esperaba. Aún sin revelar su identidad, ella los guió hasta el interior del avión, donde todo estaba dispuesto: ropa, alimentos, documentos. Todo había sido previsto con una precisión inquietante.
—¿Cómo sabías que íbamos a huir? —preguntó Alexander mientras se sentaban.
—Porque así debía ser —respondió ella, cerrando la puerta del jet.
El avión despegó en dirección a una isla secreta, un lugar que no figuraba en ningún mapa, reservado solo para lo extraordinario. Alexander y Luna, aún con mil preguntas sin respuesta, se aferraron el uno al otro. El camino apenas comenzaba, y lo único que sabían con certeza… era que no estaban solos.

«A veces, huir no es escapar, sino elegir el camino que aún guarda esperanza.»
