CAPÍTULO 11: El sueño de Alexander

Todo estaba envuelto en oscuridad, hasta que una vibración sutil, casi imperceptible, comenzó a recorrer su cuerpo. Alexander, recostado sobre el frío suelo de mármol, entre restos metálicos y estructuras oxidadas, abría los ojos con dificultad. Aún tenía frescos los ecos de un sueño abrumadoramente vívido: Luna, el plano astral, el árbol de la vida, y una paz que lo envolvía por completo. Sin embargo, nada de eso era ahora. Solo dolor, frío, y una tenue luz filtrándose desde las rendijas del blindaje de la cámara acorazada.

Tendido en el rincón más oscuro de aquel refugio subterráneo, sus manos estaban cubiertas de sangre seca y jirones de tela improvisada. Había cosido sus propias heridas. Sus movimientos eran lentos pero decididos, con la calma de quien ya ha cruzado todos los umbrales del sufrimiento. Se incorporó con esfuerzo, cada músculo protestando. Lo envolvía un silencio denso, inquietante, apenas interrumpido por el lejano crujir de lo que parecía una estructura colapsando a lo lejos.

No recordaba cómo había llegado allí. Todo lo que sentía era una alerta interna constante, como si su cuerpo supiera más que su mente. Tomó lo poco que le quedaba en su mochila y se acercó con sigilo a la puerta blindada. Estaba entreabierta. Al empujarla con ambas manos, la luz del exterior lo cegó por un momento. Cuando sus ojos se adaptaron, lo que vio fue desolador.

La ciudad había desaparecido bajo un velo de caos. Autos volcados, incendios aún activos, cristales rotos, pantallas colapsadas mostrando interferencias, y una humanidad en ruinas. Las calles estaban vacías pero no en calma. El silencio hablaba del pánico que había arrasado con todo. Papeles y objetos personales flotaban por el aire, arrastrados por el viento errático. Era como si el mundo hubiese entrado en colapso y nadie hubiese sobrevivido para contarlo.

Alexander comenzó a correr. El instinto lo empujaba a avanzar sin mirar atrás. Cruzó avenidas cubiertas de polvo, parques consumidos por la maleza y barrios enteros reducidos a esqueletos. Finalmente, el bosque. Sus ramas crujían al paso de sus pies. Allí el caos no había llegado con tanta fuerza, pero la sensación de abandono era la misma. Sin saber hacia dónde iba, simplemente siguió corriendo.

Fue entonces cuando lo vio. Una abertura irregular en la ladera de una montaña. Parecía reciente, como si la tierra se hubiese replegado para revelar algo oculto durante milenios. Se acercó con cautela. Al ingresar, una energía distinta lo envolvió. La caverna era amplia, iluminada tenuemente por surcos dorados que recorrían paredes y techo. En el centro, una cámara con forma octogonal exhibía la misma arquitectura que había visto en sus sueños.

Allí, en perfecta simetría, dos halos: uno en el suelo, otro sobre el techo, conectados por una corriente invisible de energía vibrante. Los signos grabados en sus bordes relucían con un brillo tenue pero constante. A un costado, una mesa de piedra contenía una serie de utensilios extraños, como si hubiesen sido colocados en espera de alguien. Sus ojos se posaron en uno en particular: un puñal.

La hoja del arma era de un verde intenso, translúcido, con un filo dorado que parecía hecho de pura luz. El mango, tallado con una precisión extraordinaria, estaba hecho de corteza viva, como si aún respirara. Aunque Alexander no podía saberlo, se trataba del árbol de la vida. Pero en ese momento, simplemente lo observaba con reverencia, con el respeto de quien no entiende pero intuye que está ante algo sagrado.

Se quedó allí, quieto, escuchando su respiración. Todo le parecía un sueño prolongado, una ilusión demasiado real. Sin embargo, algo dentro de él comenzaba a vibrar nuevamente, como si ese lugar fuera un eco de algo más profundo. Aún no sabía que lo que había vivido era una visión del futuro, un hilo temporal entrelazado con su esencia misma.

Su mano temblorosa se extendió hacia el puñal. En cuanto sus dedos rozaron el mango, una oleada de energía lo atravesó por completo. Una ráfaga de luz invadió su mente y su cuerpo… y entonces despertó. Empapado en sudor, respirando con dificultad, Alexander se incorporó sobresaltado en la cama.

A su lado, Luna, aún medio dormida, lo miró con preocupación. —¿Qué has soñado? —preguntó suavemente.

Alexander la miró durante unos segundos, sus pensamientos aún atrapados entre realidades. Acarició su rostro con ternura y, tras una pausa, respondió: —Nada… Solo fue una pesadilla.

Aunque por dentro sabía que no había sido solo un sueño. Pero aún no era el momento de contarlo. Luna lo abrazó por la espalda, y él cerró los ojos, sintiendo aún latir dentro de sí la resonancia del puñal, la montaña, y aquella energía que no lo abandonaría jamás.

Pero lo que sí comprendía, con una claridad brutal, era que el mundo afuera se había vuelto loco. Y que él, por alguna razón, seguía en pie. Y eso solo podía significar una cosa: aún había algo que debía hacer.


«Los sueños no son ecos del azar, sino fragmentos del alma recordando lo que alguna vez supo.»