CAPÍTULO 4: Toman distancia
Los padres de Luna, fascinados por la singularidad de su hija y la atención que generaba en la comunidad científica y espiritual, comenzaron a recibir invitaciones de todas partes del mundo. Investigadores, médicos, físicos cuánticos, e incluso líderes espirituales querían conocer de cerca a Luna y entender el misterio de su existencia. Con una mezcla de orgullo y deber, tomaron la decisión de viajar y permitir que especialistas estudiaran su caso, convencidos de que su hija era un puente entre lo humano y lo divino.
Cada nueva ciudad, cada conferencia y cada entrevista significaban más distancia entre Luna y Alexander. Sin embargo, la conexión entre ambos se mantenía intacta, como si un hilo invisible los uniera más allá del tiempo y el espacio.
Por las noches, Alexander se acostaba mirando el techo de su habitación, esperando el momento en que su conciencia se deslizara hacia el sueño. Era en ese instante cuando ella aparecía. Su silueta iluminada, su mirada que lo atravesaba y la sensación indescriptible de unidad que lo envolvía. No necesitaban palabras, solo la luz que se expandía en cada encuentro, fortaleciendo su vínculo.
Durante el día, Alexander seguía cada noticia, cada aparición pública de Luna. Sabía exactamente en qué país estaba, qué lugares visitaba y qué decían de ella. Desde la pantalla de su computadora o la televisión, la veía rodeada de personas importantes, vestida de blanco en algunos eventos, como si la luz dentro de ella se reflejara en su vestimenta. La admiraba en silencio, sintiendo que, aunque estuvieran a miles de kilómetros de distancia, ella podía percibir su presencia.
A pesar de la distancia, los signos de su unión se manifestaban constantemente. Si Luna se emocionaba en una entrevista, Alexander sentía un nudo en el pecho. Si ella derramaba una lágrima por la presión de ser observada y analizada, él experimentaba un dolor sordo en su interior, sin explicación aparente para quienes lo rodeaban. A menudo se encontraba en clase mirando al vacío, sintiendo el eco de su energía recorriendo su ser. Sus compañeros lo llamaban, lo sacudían, pero él solo volvía en sí cuando el vínculo con Luna disminuía su intensidad.
Él no podía hacer nada más que esperar. Esperar el día en que sus caminos se cruzaran otra vez. Mientras tanto, observaba, sentía, soñaba. Se estaba preparando, sin siquiera saberlo, para el momento en que por fin volverían a encontrarse.
Pero la espera no era pasiva. Cada día sentía cómo algo dentro de él se expandía, como si su alma estuviera despertando a una verdad aún desconocida. Las noches se volvían más intensas, sus sueños más vívidos, y la luz que irradiaba en ellos parecía traspasar el umbral de lo onírico para manifestarse en su propio cuerpo. Había momentos en los que su reflejo en el espejo le devolvía un brillo extraño en los ojos, un destello efímero que desaparecía en un parpadeo. Sabía que Luna estaba allí, en algún lugar, conectándose con él más allá de la distancia física. Y con cada día que pasaba, la certeza de que sus caminos se entrelazarían de nuevo se volvía más fuerte, más inevitable.

«A veces el amor no se mide por lo cerca que estamos, sino por lo hondo que alguien habita en el silencio que deja su ausencia.»
