CAPÍTULO 1: Nueva vida

En el abismo del espacio surca en el horizonte una luz, dirigida por una fuerza sobrenatural hacia la faz de la Tierra. No se sabía a qué velocidad se dirigía. Todo fue muy rápido, solo cuestión de minutos. El satélite Hubble, dirigido desde la NASA, lo detectó. Los ingenieros pudieron captar fotos de aquella luz. Al cabo de tres minutos, no hacía falta utilizar satélites: ya estaba demasiado cerca. La vio el mundo entero. Iluminó el cielo por completo. Era increíble. La Tierra se iluminó durante siete días enteros, sin interrupción.

Durante esos siete días, el pánico inundó el mundo. Las ciudades fueron arrasadas por nosotros mismos, los supermercados y tiendas desvalijadas. Creíamos que era el fin del mundo. Todo se convirtió en un caos. Las fábricas dejaron de funcionar, los hospitales, granjas, casas y demás se quedaron sin electricidad. Esta luz provocó fallos irreparables en los sistemas de transmisión de datos de nuestros satélites. No podíamos comunicarnos electrónicamente. Todo aparato perdió cobertura y, de esa forma, quedamos incomunicados.

La gente se volvió loca. Loca por sobrevivir. Pudimos ver nuestros instintos a flor de piel. Yo estaba allí, en mitad del caos, quieto, como si algo no encajara. Por unos segundos vi mi alrededor en cámara lenta: una madre tiraba de un carrito de la compra con sus niños dentro; la pequeña lloraba y gritaba: “¡Papi! ¡Papi!”. La madre, con la cara descompuesta, corría aunque le faltaba un zapato. Vi cómo un grupo de hombres estrellaban su coche en el escaparate de una joyería, como si eso que estuvieran cogiendo ahora sirviera para algo.

Miré hacia el cielo. Allí estaba esa luz. No podía dejar de pensar qué sería, o… qué serían. Seguí observando mi alrededor: gente con las manos llenas de productos de un comercio de alimentación. Nadie paraba de gritar. En ese momento lo oía todo de fondo, como si me encontrara detrás de un cristal. Todo era ajeno a mí. Un hombre se paró delante de mí, me miró, se puso la mano en la boca y, con cara de sorprendido, me señaló con el dedo mi camisa. Luego siguió corriendo.

Miré hacia abajo y me di cuenta de que mi camisa estaba empapada en sangre. Levanté las manos y me goteaba por la manga derecha. Me asusté mucho y, como pude, me abrí paso hacia un espejo de un escaparate que había al cruzar la acera. En ese momento, al reflejarme en él, observé cómo en la parte derecha de mi cabeza tenía un corte bastante grande, quizá por la explosión de un coche. En ese momento mis rodillas se desplomaron hacia el suelo. Apoyé mi brazo izquierdo y descansé un poco. Había perdido mucha sangre. Cogí mi pañuelo y taponé la herida, que sostuve con una bolsa atada alrededor de mi cabeza.

Tenía que encontrar la manera de sobrevivir. Estaba agotado, pero en un momento de desesperación saqué fuerzas y me levanté. En segundos elaboré un plan de supervivencia. Me dirigí hacia una farmacia y busqué vendas, antiséptico, agua oxigenada, unas cajas de ibuprofeno, esparadrapo, aguja e hilo, tijeras y antibióticos. Lo metí todo en mi maletín y salí hacia el siguiente punto: el supermercado.

Anduve como pude y, en ese instante, otro coche explotó. Era mi ocasión. Una de las personas que acababan de morir por culpa de la explosión llevaba una cesta. Me acerqué y, mirando hacia los lados, me agaché, cogí la cesta y salí de allí. Cuando llegué al supermercado, ya estaba todo arrasado, miré a mi alrededor y vi una puerta doble con el cartel de “oficina”. Comprobé que estaba cerrada. Desencajé una de las estanterías y empecé a golpear la puerta. Estaba muy débil, pero la incertidumbre podía más. Hasta que uno de los golpes hizo ceder la cerradura.

Solté la estantería y entré. ¡No me lo podía creer! El almacén estaba lleno. Cargué la cesta con cosas indispensables para mi supervivencia: agua, multitudes de latas de conserva en formato pequeño, colines de pan, pañuelos de papel, zumos en brik, mermelada en mini porciones. También cogí una linterna, pilas, velas, dos rollos de cuerda de tendedero y el cutter que se utilizaba para abrir los precintos de las cajas. Cuando me dispuse a abandonar el preciado almacén, pensé que si camuflaba la entrada podría tener mi punto de supervivencia allí. Me dirigí al centro del supermercado y arrastré como pude una columna de estanterías de manera que quedara delante de la puerta. Era perfecto. Estaba muy bien camuflada.

El tercer punto y último era buscar un cobijo lo bastante seguro como para dormir sin que me robaran. Cerré los ojos y pensé… No se me ocurría nada. Cuando los abrí, vi justo delante de mí un banco. ¡Sí! ¡Mejor imposible! Me vino la imaginación. Entré en él y me puse a buscar la cámara acorazada. Bajé las escaleras del banco y allí estaba: la cámara acorazada completamente desvalijada. Era perfecta. Incluso se podía cerrar desde dentro. Por fin estaba a salvo. Solté las cosas y cerré. Me encontraba muy mareado. Sentado en unas cajas, saqué mi móvil y activé la cámara delantera para utilizarlo como espejo. Me acerqué la bolsa donde tenía todo el botiquín y empecé a desinfectar la herida.

¡Dios, cómo duele! Observé que mi herida era profunda, por lo que no me quedó más remedio que suturarla. Puse el móvil en mis rodillas y, con la luz, ensarté el hilo en la aguja. Estaba muy nervioso. Esto me iba a doler, pero me iba la vida en ello. Tenía que hacerlo. Armándome de valor, cogí el móvil con la mano izquierda y la aguja con la derecha y empecé a atravesar mi piel inflamada y de un color morado. Apreté los dientes y seguí. Al cabo de un rato, ya tenía mi herida cerrada. Sin querer, me desplomé y caí al suelo.

Horas más tarde logré recuperar la consciencia. Extendí el brazo y me tomé un analgésico y un antiinflamatorio con un poco de agua. Seguidamente, volví a perder la consciencia.

En otra fecha y hora del espacio-tiempo…

La vida tal y como la conocemos seguía su curso. Hasta que un día sucedió algo que la naturaleza de la existencia tenía preparado para ese instante. Dos madres embarazadas y con el tiempo cumplido para dar a luz rompieron aguas al mismo tiempo. Sus maridos, concienciados, controlaban la situación y tranquilizaban a sus respectivas esposas. Tras una carrera eterna hacia el hospital, ambas parejas consiguieron llegar y ser encamadas para ser intervenidas por el personal médico. Algo cotidiano y normal: la descendencia.

—Tranquila, mi amor. Todo va a salir bien. Será una niña maravillosa —le dijo uno de los maridos a su mujer, agarrándola de la mano mientras se dirigían al quirófano.

Ambas parejas eran ajenas a lo que estaba a punto de suceder.

Allá en el cielo, el alma infinita, pura e inalterada, cambió su color blanco brillante por un dorado radiante, como el de una mañana cuando sale el sol y tiñe el cielo de naranja, convirtiendo las montañas en curvas femeninas ondeando el horizonte, a los árboles en antorchas brillantes, dejándonos ver a través de sus hojas desnudas, y al mar en un espejo inmenso donde se reflejan todos nuestros deseos.

El Sinfeger dorado, impulsado por una fuerza sobrenatural, cayó en picado. Ambas madres gritaron al vacío con una voz desgarrada. El Sinfeger cayó cada vez más rápido, hasta que ocurrió algo que jamás, en todo el cosmos, había sucedido: el alma divina se partió en dos. Quedó dividida en dos mitades iguales. Ambas mitades cambiaron su trayectoria sin interferir en su velocidad. Cada una tenía un cometido. En un parpadeo, cada mitad del Sinfeger se introdujo en el cuerpo de cada bebé, llenándolos de vida.

En una milésima de segundo, un destello dorado emanó de cada bebé, iluminando los quirófanos y dejando a todos los presentes atónitos. Todos, con las miradas puestas en los bebés, asombrados y con la boca y los ojos bien abiertos, reaccionaron solo cuando los recién nacidos comenzaron a llorar. El doctor y las enfermeras reaccionaron a los pocos segundos. Con toallas limpias limpiaron los cuerpos de restos de su envoltura, dejando al aire la belleza de criaturas que la vida había creado: piel rosada con bellitos dorados y ojos color miel. Una auténtica obra maestra.

Desde esa noche, ninguno de los presentes volvió a mencionar lo que vio. Sabían que los podrían tachar de locos y poner en juego sus carreras. Solo ellos sabían lo que habían presenciado y decidieron guardar silencio. Desde ese momento, ninguno volvió a ser el mismo. Algo cambió en su interior.

A partir de ahí… dos nuevas vidas.


«El inicio no es el principio de la historia… es el momento en que tu alma y la historia se reconocen por fin como una sola.»