PRÓLOGO
Sin haber posibilidad ninguna, en los confines de la existencia de los seres, en los recovecos del abismo donde nada es lo que parece, mediante los milagros de lo inimaginable que aguardan a ser desvelados, un alma vaga… fluye sin estar perdida ni escasa de recursos. Gran alma es, basta con admirar su esplendor y la fuerza que emana de ella. Va dejando sentimientos que se depositan en lo más profundo de cualquier ser viviente. Luz infinita… preciosa melodía de movimientos de vaivén. Arrastra sin descanso su cola larga difuminada en el espacio. Algunos las llaman Sinfeger, otros… estrellas fugaces. Qué hermosa es un alma cuando está completa, cuando se ha curtido con millones de seres, de vivencias. Cuánta sabiduría esconde en cada mota espectral. Toda una maravilla del universo.
Pero no siempre tienen esta forma. Transcurrido un tiempo que no está determinado por ningún reloj ni escrito en ninguna fecha de ningún calendario conocido, estos Sinfeger viajan hasta un lugar. Atraídos por ese lugar, parten sin descanso dejando su estela de sentimientos. En el caso de este Sinfeger, ese lugar es la Tierra. Nuestro planeta. Aquel que está lleno de criaturas que viven en él, criaturas que evolucionaron hasta el punto de tener consciencia de lo que son. En personas racionales, capaces de cambiar su forma de alimentación primitiva por elaboraciones biológicas con las que extraen solo las sustancias beneficiosas para su organismo.
Las personas, capaces de sugestionar unas a otras por medio de palabras y los impulsos que hacen vibrar su ser, ya sean a través de la extorsión o del amor y la confianza. Seres vulnerables a razones con las que a menudo se enfrentan. Solo hace falta que algo se interponga y rompa el «no» de su creencia. Todo llamará la atención si se sale del esquema que previamente su entorno ha creado para ella: pilares como pueden ser unos padres, un hermano o amigo, inspiración de películas, o incluso por la influencia de la gente que tiene a su alrededor. Si todos lo hacen…
La gran mayoría de personas nacen y ya tienen una religión asignada. Algo sagrado y respetado que nacerá con ellos, vivirá con ellos y morirá con ellos. Da igual cuál sea: en todas hay alguien superior a ti. Y eso hay que respetarlo. Hay personas con pensamientos independientes que determinan si quieren seguir o no con la raíz de su religión, o cambiarla por algo en lo que crean y se sientan mejor.
Al fin y al cabo, todo esto está fabricado por la misma conciencia humana dentro de nuestro mecanismo de defensa vital. Este actúa de manera natural, sin que nosotros lo queramos. Lo fabricamos de forma inconsciente y se alimenta de incertidumbres, miedos y deseos. Este mecanismo realmente actúa cuando un ser humano se encuentra en una situación extrema. Cuando está en medio de un ambiente de soledad absoluta, hambre, cansancio. Esta situación provoca una desesperación que desencadena una explosión en nuestro sistema vital, y este actúa. Te hace pensar que, si realmente hay algo, quieres que te ayude. Le pides que te dé fuerzas. Y durante unos segundos, el cuerpo humano, por medio de esta fuerza vital o mecanismo extremo, genera una cantidad de endorfinas y adrenalina para hacer un último esfuerzo. Tal vez el necesario para salir de ahí y salvar tu vida.
Fuerza vital… mecanismos… generar adrenalina, sobre esfuerzo, aguante… sentimientos… El cuerpo, máquina perfecta. Envase con todas las comodidades para albergar un alma. Herramienta compuesta biológicamente con desechos del suelo de nuestro planeta. Arma que sirve para construir y destruir, amar y odiar, robar y compartir, querer y olvidar. Infinidad de lujos nos aporta esta maravilla biológica, a la que cada día millones de personas se preocupan por investigar, estudiar múltiples formas para mantenerla sana. Hacen todo lo que está en sus manos para frenar su exterminio.
Nos preocupamos por aprender, para entender y poder sacar conclusiones, y en ocasiones afirmaciones tras una serie de innumerables pruebas. Pero hacemos bien… eso nos mantiene ocupados.
Mientras, otras cosas suceden sin que nosotros nos demos cuenta. Sin que nada se vea afectado. Todo, mientras sigue su curso. Los sucesos, lo espectral o mágico, como queramos llamarlo, se mueve, actúa sin ser notado, pasa desapercibido. Y sin descanso. Invisible al ser humano.
Todo tiene un comienzo… pero no todo tiene por qué tener un fin.
